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Vol. 3 - No. 3 (primer cuatrimestre) - 2026
pática y colaborativa. Como lo señalan Jiménez Muñoz et
limita seriamente su capacidad para trasladar lo aprendido
a situaciones nuevas, diversas, impredecibles, es decir, a la
vida real. Ante este panorama, la investigación parte de una
pregunta que, más que retórica, busca abrir una conversa-
ción urgente: ¿En qué medida existe una disonancia entre
los fundamentos pedagógicos del enfoque por competen-
cias, pensado originalmente para la formación laboral de
adultos, y las necesidades reales de desarrollo cognitivo,
emocional y social de niños y adolescentes, según la per-
cepción y experiencia de los docentes en Ecuador?
El objetivo, entonces, no es solo describir, sino analizar
con profundidad cómo incide este enfoque en la formación
integral de los estudiantes de Educación General Básica,
tomando como lente privilegiado la praxis docente. Se tra-
ta, en el fondo, de evaluar no solo si el modelo “funciona”,
sino cómo funciona, para quiénes, y a qué costo. Con ello,
se busca no solo diagnosticar su grado de efectividad ac-
tual, sino también sentar bases sólidas, empíricas, no es-
peculativas, para propuestas pedagógicas mejor fundamen-
tadas. La relevancia de este estudio, además, es múltiple.
En lo social, sus hallazgos podrían aportar directamente
a mejorar la calidad y, sobre todo, la equidad del sistema
educativo ecuatoriano. Porque si bien el enfoque por com-
petencias promete inclusión, en la práctica puede terminar
ampliando brechas, especialmente cuando su implemen-
tación depende de recursos externos (tutorías, tecnología,
apoyo familiar) que no todos los estudiantes tienen. Como
advierten Mora Teves et al. (2023), sin los soportes adecua-
dos, estos modelos corren el riesgo de premiar a los que ya
tienen ventajas, no de nivelar el campo de juego.
En lo práctico, el valor es también tangible. Docentes
e instituciones educativas necesitan más que consignas
curriculares: necesitan evidencia concreta sobre los nudos
confusión conceptual, la desmotivación ante expectativas
poco realistas. Los resultados de este estudio podrían tra-
ducirse en guías didácticas, estrategias ágiles o materiales
de apoyo que no solo digan qué hacer, sino cómo hacerlo
en contextos reales. Algo que, por cierto, ya se empieza
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jal Moreno (2025) y Granda-Herrera et al. (2025). Desde
¿hasta qué punto es válido trasladar un modelo educativo
diseñado para adultos, con su lógica instrumental, su orien-
tación productiva, al universo formativo de la infancia y
la adolescencia? Este estudio pone esa transferencia bajo
la lupa, alimentando un debate que, como señala Aguilar
la adecuación de los modelos por competencias a las etapas
del desarrollo humano.
A nivel nacional, la investigación viene a llenar un va-
cío concreto. Si bien existen estudios valiosos, como el de
Lima-Yarpaz et al. (2025) en bachillerato o el de Ochoa
Jaramillo et al. (2025) sobre evaluación, pocos se han dete-
nido a escuchar, de manera sistemática y empática, la voz
de quienes están en primera línea: los docentes de Educa-
ción General Básica. Su experiencia no es un dato anecdó-
el currículo baja del papel a la pizarra. Y como recuerda
Rodríguez Castillo (2025), sin esa perspectiva, cualquier
reforma corre el riesgo de quedar en buenos deseos, y ma-
las prácticas.
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bién se apoya en su potencial contribución a la formación
docente, tanto inicial como continua. Los hallazgos que
surjan podrían ser clave para rediseñar los programas de
formación en las universidades. Como bien sugiere Onofre
Galindo et al. (2025), se trata de cerrar esa brecha persis-
tente, y a veces abismal, entre la teoría que se enseña a
los futuros docentes y las prácticas reales que luego se les
exigen en las aulas bajo este enfoque. Para el sistema edu-
cativo ecuatoriano en su conjunto, la investigación ofrece
algo muy valioso: un diagnóstico fundamentado. Algo que,
sin duda, puede orientar las futuras actualizaciones curricu-
lares. El énfasis tendría que ponerse en articular el enfoque
por competencias con el desarrollo progresivo de las habi-
lidades, un camino que ya se está explorando, aunque de
forma incipiente, en el nivel inicial (Rosario De La Cruz,
2025) e incluso en la educación técnica (Proaño-Real et al.,
2024).
Pero, en el fondo, ¿quiénes son los principales destinata-
rios de todo esto? Los estudiantes, sin duda. El estudio bus-
ca, en última instancia, asegurar que su proceso de apren-
integral. Se trata de equilibrar esas destrezas prácticas, tan
necesarias, con capacidades cognitivas superiores, socioe-
mocionales y metacognitivas. Elementos que, según seña-
lan Alejo-Castañeda et al. (2024) y Calderón (2024), son
absolutamente esenciales para un desarrollo pleno. Al revi-
sar la literatura internacional, uno se topa de inmediato con
la complejidad de las variables en juego. Fernández-Sosa y
Carrizales-Garabito (2024), por ejemplo, corroboran algo
competencias pedagógicas docentes en los resultados de
los estudiantes. Mientras tanto, Poveda-Aguja et al. (2023)
sean capaces de potencializar un desarrollo holístico. Una
postura que, como es evidente, resuena profundamente con
conectado.
Se amplió la mirada al ámbito iberoamericano, la cosa
se pone aún más interesante. Ramón Moreta (2024), por
ejemplo, analizó la aplicación del enfoque en República
Dominicana y se encontró con desafíos de implementación
muy similares a los que preliminarmente se observan en
Ecuador. Esto nos hace pensar, y no es poca cosa, que la
problemática bien podría ser de carácter regional. Dicho de
otro modo, no se estuvo ante un caso aislado. Y esto preci-
samente refuerza la necesidad de impulsar investigaciones
contextualizadas que capturen las particularidades de cada